2 jul 2007

La reconciliación con lo divino

A causa de la conciencia de su finitud, el hombre no puede vivir plenamente sin ideas rectoras, siendo la más firme y constante de ellas la idea de dios. A pesar de originarse en la necesidad de salvación, es gracias a esta idea que el hombre se ha visto cada vez más lejos de alcanzarla.


Todas las religiones postulan un ejemplo de hombre superior o divinizado (hombre en armonía con la voluntad o las disposiciones de dios) y no es casualidad que Buda, Cristo y Mahoma hayan tenido vida y enseñanzas similares. Lo que las religiones recuperan de estas figuras divinas es el conjunto de valores que encarnaron. Dichos valores son la manifestación de las virtudes o cualidades últimas de la humanidad. Todo aquello que juzgamos como divino en aquellos arquetipos de hombre, es lo que encontramos de divino en nosotros.

La figura, el arquetipo es sólo un pretexto para hablar de los grades valores, de todo aquello que el hombre considera sublime en él mismo; es irrelevante el nombre de la persona en quien hayan encarnado las cualidades divinas, lo relevante son las cualidades mismas. Éstas son los principios rectores que el hombre ha depositado en su idea de dios, como guía para la salvación.


La fe en “algo superior” –llámese o no dios- es siempre auténtica no porque sea necesaria, sino porque tiene un referente verdadero, porque la existencia de los valores que persigue es auténtica también. No es que el hombre “invente” a dios y las cualidades que lo definen, sino que pone en su modelo de divinidad los valores y todo aquello que de sublime ha podido conocer.


Si el hombre se aleja entonces de la salvación es porque ha hecho ajenas sus propias virtudes; porque las ha llevado hasta el extremo donde ya no podía alcanzarlas, donde se volvían una imposición dolorosa, una fractura con lo divino en lugar de una posible reconciliación con la esencia propia.


El problema del hombre con su dios es que ha olvidado el puente que los comunica; el desgarramiento del hombre frente a dios ocurre porque proyecta las virtudes divinas como algo externo y no interno.


Dios es la dignidad del hombre sublimada, por eso dios se parece a nosotros o por eso intentamos parecernos a él. Para llegar a dios hay que preocuparse por el hombre. Para reconciliarse con la divinidad hace falta recuperar la dignidad humana.

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