En algún tiempo, el hombre fue seducido por el llamado de la perfección espiritual. Tuvo el impulso de alcanzar su grado máximo de desarrollo, la totalidad del ser, la realización plena de sus posibilidades. El progreso fue entonces el canto de sirena que embrujo el tránsito del hombre a través de su propia historia. La mirada anticipadora fue la brújula humana: planeamos el futuro siguiendo un ideal no sólo posible sino necesario.
27 ago 2007
13 ago 2007
El miedo
Nacida del deseo o de la posesión –por perder lo ganado o por nunca lograr lo esperado- es esta una perturbación mimética y proporcional. El miedo toma la forma de aquello a lo que amenaza y es más grande tanto más importante es el objeto codiciado.
6 ago 2007
La culpa
Para José Francisco Torres
Vía pasiva para enfrentarse al acontecer humano, respecto del cual no logramos abstraernos, la culpa es un pariente deforme de la responsabilidad, uno cuya carga moral se convierte en un fardo insoportable e inútil. La culpa que no repara ni resuelve, sólo paga –aunque es moneda careciente de valor real. Compensación moral por un daño visible con otro daño invisible. La culpa prolonga los alcances de una acción moral sobre el mundo (acción que se considera casi siempre perjudicial), alarga un dolor provocado y se torna en dolor multiplicado.
28 jul 2007
El soñador
Los sueños –esas fantasías rectoras- son hijos del infortunio. Soñar es una forma de reconciliarse de forma positiva con nuestra condición carente. Sólo sueña el desposeído, el necesitado, el incompleto. Por eso los hombres, atrapados entre dios y el mundo, somos soñadores innatos.
17 jul 2007
La memoria
“Corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos los veranos…”
-Octavio Paz, “Piedra de sol”
La memoria es inútilmente paradójica: mantiene vivo aquello que de nuestro pasado no deseamos abandonar, pero lo irrealiza. Lo que la memoria nos entrega es apenas una calca de la realidad pasada. Artificio de montaje, la memoria hace que todo sea algo que no era.
Un recuerdo es una ventana desde donde podemos asomarnos a un pasado pervertido, ultrajado. Al abrir cortinas, nos es posible ver como no veíamos, sentir como no sentíamos, traer al presente cosas que jamás estuvieron ahí. Los recuerdos son burdas imitaciones de lo vivido; aquello en realidad ya lo perdimos y nunca volverá. La memoria es como una melodía solitaria: pierde el acompañamiento sensorial de una vivencia. Mientras un acontecimiento sabe a algo, duele, está cargado de sensaciones, un recuerdo es quizá emocionante pero insípido. Difícilmente recordamos cómo percibíamos la realidad en otro tiempo. La memoria es práctica y limitada, y pasa por alto el entorno sensorial y físico, uno de los elementos más definitivos de nuestra experiencia y que quizá precisamente el que determina si tal experiencia será almacenada en la memoria.
La memoria es la hermana de la frustración y madre de la melancolía, porque si bien no podrá traernos a la presencia sensorial lo que añoramos, tampoco nos dejará separarnos de ello. Sin embargo, nos aferramos a la memoria porque es lo que sostiene al yo individual, porque es el firme sobre el que se soporta nuestra existencia particular frente a la vorágine despiadada del tiempo. De cara al tiempo que nos grita a toda hora la nulidad de nuestra microcósmica existencia, la memoria nos planta como una realidad sustancial y acabada, finita pero unitaria.
Esta arbitraria administradora nos salva de naufragar en lo que, de no poseerla, pudiera parecer un mar de vívidas alucinaciones colectivas; nos libra de perecer en lo abierto y variado de todas nuestras experiencias, de aquellas sobre las que reflexionamos concientemente, tanto como de las que parecen pasar sin registro de la conciencia.
Memoria: blanda almohada donde se reclina la conciencia solitaria.
Un recuerdo es una ventana desde donde podemos asomarnos a un pasado pervertido, ultrajado. Al abrir cortinas, nos es posible ver como no veíamos, sentir como no sentíamos, traer al presente cosas que jamás estuvieron ahí. Los recuerdos son burdas imitaciones de lo vivido; aquello en realidad ya lo perdimos y nunca volverá. La memoria es como una melodía solitaria: pierde el acompañamiento sensorial de una vivencia. Mientras un acontecimiento sabe a algo, duele, está cargado de sensaciones, un recuerdo es quizá emocionante pero insípido. Difícilmente recordamos cómo percibíamos la realidad en otro tiempo. La memoria es práctica y limitada, y pasa por alto el entorno sensorial y físico, uno de los elementos más definitivos de nuestra experiencia y que quizá precisamente el que determina si tal experiencia será almacenada en la memoria.
La memoria es la hermana de la frustración y madre de la melancolía, porque si bien no podrá traernos a la presencia sensorial lo que añoramos, tampoco nos dejará separarnos de ello. Sin embargo, nos aferramos a la memoria porque es lo que sostiene al yo individual, porque es el firme sobre el que se soporta nuestra existencia particular frente a la vorágine despiadada del tiempo. De cara al tiempo que nos grita a toda hora la nulidad de nuestra microcósmica existencia, la memoria nos planta como una realidad sustancial y acabada, finita pero unitaria.
Esta arbitraria administradora nos salva de naufragar en lo que, de no poseerla, pudiera parecer un mar de vívidas alucinaciones colectivas; nos libra de perecer en lo abierto y variado de todas nuestras experiencias, de aquellas sobre las que reflexionamos concientemente, tanto como de las que parecen pasar sin registro de la conciencia.
Memoria: blanda almohada donde se reclina la conciencia solitaria.
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