
Ha abandonado la patria común de la cordura y está solo. No hay más forma de vida para él que no sea la de andar errante, vagabundo. En su andar no lo orienta el camino firme debajo de sus pies sino la ignota ruta astral por encima de su cabeza. El loco desvía la atención de los hombres para dirigirla hacia el cosmos, hacia el mundo infinito que yace dentro de cada uno de nosotros y que a la vez nos observa desde afuera, en la naturaleza, en el firmamento. Su mirada está extraviada, pues tiene ahora alcances macro y microscópicos.